“El Prohibido” en Santa Ana de los cuatro ríos
Cuenca - Ecuador
Ma. Cristina Herdoíza (parte del libro por publicar Con voz/s)
No me había dado antes el tiempo de escudriñar los rincones de la ciudad o simplemente la noche que había intentado incurrir en ellos, estaban cerrados…ahora entiendo que es parte de lo habitual porque la vida nocturna e irreverente se reserva para la mañana, la tarde e inicios de la noche. Curiosamente es así, el Prohibido se cierra a las diez de la noche.
La Calle Larga tiene sus encantos porque transcurre desde una zona residencial, pasa por la zona rosa, recorre un barrio popular donde se encuentra el mercado central y al final da un giro que te lleva a una calle de piedra en cuyos extremos están pequeños negocios de sombreros. Entre los sombreros y la Cruz del Vado reposa en el techo de teja, porque no podría ser de otra manera, un ángel en bicicleta escoltado por arcángeles que, detrás del tejado hacen de vigías del Centro Cultural El Prohibido, donde la muerte se ríe de la vida.
La música brota por las paredes, cae del techo e invita a entrar. Hace frío pese a los colores cálidos del mural de la entrada. Huesos, urnas, un panteón, un museo de la muerte, un ánfora pérfida donde no se distinguen los olores. Jóvenes vestidos de negro juegan a las cartas, dos chicas beben cerveza y nosotros como dos seres distantes (lo digo por la edad) nos desplazamos intentando no parecer ridículos y ocultando el asombro ante el extraño culto, la extraña alegoría.
Decidimos mejor detener el paso, no mirar, parecer como si naturalmente entrábamos al bar a beber un café o una cerveza. Alambres de púa, calaveras alrededor. Nos sentamos. Oscuridad. La muerte poblaba los rincones, estaba presente a cada instante. Parecía que todo se acababa ahí. Una suerte de vacío nos recorría el alma, el descontento gobernaba, transcurría la pesadilla. No había salida, ni luz, ni ventana. Pasen al ataúd, a la guillotina, a los baños nos persuadió una voz extraña. Titubeamos. Antes de salir dimos vuelta y cruzamos por segunda vez aquel corredor. Se interpuso de nuevo ante nosotros esa imagen de Jesús tan ajena a la cuencandad, tan irreverente, tan violenta. Cada detalle se transformaba en algo involuble, crecía, pesaba. Abrimos la puerta del baño y de nuevo la opacidad. Un pene enorme hacía parte del lavabo y unas manos grotescas te sujetaban el trasero mientras meabas. Nada de placer en todo esto, más bien un asombro inexplicable. El barroco colonial, la piedra había sido transformada y la pileta del patio de la casa albergaba a una diosa que exponía su vagina y dejaba que los líquidos del cuerpo fluyan hacia afuera. No fuimos capaces de pedir una cerveza, no venía al caso, menos aún un café. La música, pese a que estaba presente, era un sonido inútil. Todo lo absorbía la oscuridad. El no olor. La no vida.
¿Dónde se “perdió” Santa Ana de los Cuatro Ríos? ¿Por qué Cristo rompió la cruz?
Un sincretismo de lo absurdo, un sinsentido, un abismo.
Comments
Post a Comment