San Salvador, San Romero, sálvanos

Parte del libro Con  voz/s

Ma. Cristina Herdoíza 

Todo parecería haber coincidido. Once de septiembre, el día del aniversario de la muerte de Salvador Allende y el aniversario del ataque a las Torres Gemelas, dos hechos tan antagónicos,  amanezco en El Salvador. Fue un viaje abrupto que hice de pronto, de esos típicos viajes de trabajo en los que a uno le toca  correr sin detenerse a mirar el paisaje, menos aún a conversar con la gente del lugar. Llego en avión y eso genera que el choque sea mayor. Estar en tan sólo seis horas en un aeropuerto que nada tiene que decir y en otro país que mucho tiene por contar…me voy asustando y sorprendiendo de a poco pero rápidamente. Empiezo a vivir los seis días más dolorosos de septiembre y la ira hacia ese país del norte, aquella que había decidido archivar, se revuelve y empieza a brotar con más fuerza con el solo hecho de estar ahí y sentir que pisaba un país cuasi colonia de Norteamérica. 

La inseguridad y ese discurso entretejido a su alrededor empieza a  poblarme cuando constato que las casas, todas, independientemente de su tamaño y de sus dueños, están rodeadas por púas gigantes para evitar el delito, el robo… “aquí se roban hasta los basureros, hasta los cables de luz”, dice el taxista. 

Voy descubriendo El Salvador a través de esos símbolos presentes en las calles. El primer día siento la inseguridad al ver  las púas, la falta de libertad, a través de las púas y descubro a una niña asesinada por su padre militar  en un afiche enorme en el alambrado de un colegio católico. “Muchos desaparecidos y asesinados hay en El Salvador”, susurra el taxista.

No encuentro la manera de atar los cabos entre lo que pienso y veo. Me confunde. No haberme documentado antes del viaje ocasiona el que esté medio perdida y la verdad es que no es muy agradable preguntar en estas condiciones de ignorancia. Espero. Una ardilla se pasea por un árbol, no se inmuta con nuestra presencia. Ese día constato que en El Salvador hay ardillas domésticas y muchos crímenes de estado que sucedieron y que aún suceden.

No me sentía a gusto en el hotel al que llegamos esa noche, costaba demasiado y, en alguna medida eso determina la relación con el país, prefería buscar algo más económico porque estaba segura de  que eso posibilitaría otros caminos. Salimos por la noche a comer pupusas, unas tortillas de maíz  rellenas con frijoles, queso o chicharrón acompañadas con agüita de Jamaica o de cebada. En todos los viajes que he hecho el  maíz ha estado presente y ha sido una suerte de encuentro con lo mío, con lo nuestro, con la Pachamama. Después de comer las pupusas con una deliciosa ensalada de col supe que el maíz éramos todos desde el centro hacia abajo y que la cebada podía enrojecer de acuerdo a la militancia de las personas. Tomé con gusto un vaso enorme de cebada roja y salimos en busca del Hostal Los Pinos.

En la casa de huéspedes  nos recibió Betty, una mujer que vestía una bata larga de color claro, tenía los ojos brillantes y  un  aire solidario. El hostalito era una casa de familia. El lugar que había estado buscando estaba ahí presente delante mío. Una foto muy linda del Che, otra de  Roque Dalton, monseñor Romero, Farabundo, Fidel estaban ahí junto a  dos tortugas militantes que se paseaban por el jardín. Dieciséis dólares la noche. Confirmamos nuestra reserva para el día siguiente.

Muy temprano nos mudamos de un hotel cualquiera a un hostal de corte alternativo, que en vez de tener estrellas tenía la bandera del Frente Farabundo y la historia de la resistencia latinoamericana clavada en cada pared y pintada en el caparazón de las tortugas.  Ese día visitamos uno de los mercados artesanales El mago de Oz. Fue ahí donde percibí  que la historia de la resistencia estaba ausente, que la historia de la guerra se había quedado en quién sabe dónde, es decir que la memoria estaba encubierta. Esa fue mi primera impresión. Cuando encontré las cruces pintadas supe que no era así, se trataba de un sincretismo muy particular. Este símbolo universal de la religión había sido recreado desde lo popular, desde la organización, desde el compromiso social, desde valores de solidaridad, equidad y justicia. La mujer estaba en el centro, no había crucifixión, era una suerte de goce de la vida, una vida  de entrega, de lucha y resistencia, la otra cotidianidad, el otro significado del “ser católico”. Adquiere entonces más sentido el testimonio de aquel campesino “que  llegó de un lejanísimo cantón a confesarse a la iglesia de Suchitoto. ‘Me acuso padre, de que he pecado contra el amor’. Y como los pecados más acostumbrados son los de ir con mujeres, el padre le preguntó:‘contame qué te pasó con la señora, cómo fue’. ‘No, padre’, respondió el campesino, ‘esque yo todavía no estoy organizado. En pecado estoy por eso contra los demás. No los amo, pues’”.

El Centro Cultural La Luna era un lugar de referencia, así que por la noche decidimos ir allá. Conversamos con Jesús, el taxista y nos acompañó a tomar una cerveza. La violencia empezó a destejerse y poco a poco, conforme la conversación avanzaba, empezamos a descifrar los códigos y comprender que estábamos en un país que nunca se salvó de nada, precisamente porque cayó en manos de los gringos. El libre comercio destruyó el mercado local, la gente vive con lo justo y la pobreza cada vez se acrecenta. La violencia es pan de cada día, El Salvador es el país con el mayor índice de homicidios en América Latina, 30 homicidios violentos diarios. Las maras centroamericanas son grupos de jóvenes  que ejercen la violencia como un medio de subsistencia. Tres grupos operan en el país,“Salvatrucha”, la “13” y la “8”. Las maras son el resultado de una guerra que desapareció a gente, mató a miles de campesinos y dejó armas en manos de jóvenes. Me di cuenta de que la guerra aún no termina. 

Hasta este momento yo no me había subido en un bus y me hacía falta ese contacto con la gente. Al  siguiente día  amanecí con eso en la cabeza y después de asistir a un evento sobre niñez y migración en el hotel Radisson  al estilo de Naciones Unidas, decidimos ir a la UCA, Universidad Centroamericana José Simeón Cañas,  institución jesuita, donde años atrás asesinaron a varios de los sacerdotes, teólogos de la Liberación que hacían trabajo de base y animaban los procesos de construcción comunitarios.

Aquí sucedió uno de los hechos que confirmada la profecía “llegará un tiempo en El Salvador en el que a los curas nos van a botar del país. Seremos culeteados, matados, nos harán chingaste…y al final estallará una guerra.

Camino despacio, con algo de miedo al dolor. Es casi un ritual el entrar al museo que se encuentra en la universidad, este que rebobina la historia. Las sotanas, la ropa de cada uno de los padres están ahí y es como si la memoria del país se desprendiera de ellas. Caen una a una mis lágrimas, una suerte de estar ahí y estar ausente. La guía hablaba y sus palabras en ese momento eran para mí viento,  casi ni escuchaba lo que decía, me dediqué a sentir, a ir más allá, a recordar. Yo era una niña en esa época, pero una de mis tías vivía en Centroamérica, había un vínculo no sólo con esta parte del continente sino con la izquierda, con el Frente Sandinista, con el Frente Farabundo de Liberación Nacional, con la Teología de la Liberación.    Mi cuerpo se invadía de dolor por el antes y por el hoy. Apenas eran dos salas pequeñas y a mí me parecía haber recorrido cien. Avanzamos al jardín de rosas y ahí estaban ellos después de la matancina, una rosa por cada uno de los primeros cuatro y luego por quienes fueron cayendo. Al lado, el dormitorio donde esa noche habían alojado a la familia del jardinero, que también fue masacrada.

Mi cuerpo estaba envuelto de dolor. Caminaba lentamente intentando encontrar la esperanza. Llegamos a la capilla y sentí alivio, ahí estaban esas cruces salvadoreñas de la resistencia, de la justicia social, de la equidad. Los colores  ya me animaron de por sí, aunque el relato seguía cargado de dolor. En la otra pared una hermosa plegaria, la leo y milito, soy parte de estas comunidades de base, de esta Teología de la Liberación, de esta luz. Duele sí, pero a su vez permite reafirmar mis compromisos con la gente, esta ética social, este humanismo que sembraran estos hombres y mujeres del El Salvador de los 80,y que de alguna manera lo cultivamos y abonamos nosotros. 

Los derechos humanos se cuecen, se conquistan, se luchan y eso se siente en la universidad. Hay muchos afiches de Monseñor, es como si él representara a todos/as, aún no lo comprendo muy bien pero ahí está en las paredes, en los álbumes, en las cruces, en los libros…No comentamos nada ese día y tomamos la decisión de subir  a un bus para volver a casa.

Se nos curó entonces ese miedo a “ser turista” en El Salvador. Y para ello precisamente hubo que mimetizarse con la gente y no serlo. Muy temprano fuimos al mercado central donde hay artesanías a montón. Ni un turista nos encontramos ahí. Claro, todo el centro está considerado como un lugar totalmente inseguro. Entramos a comprar. Reconozco que  en la primera parte del día fuimos turistas pero que a las once cuando nos subimos en el colectivo dejamos de serlo. Qué dilema este. Es más fácil cuando uno va en bicicleta…Desde el terminal tomamos un bus a Suchitoto, una ciudad pequeña a las afueras de El Salvador donde hay un lago artificial que se puede cruzar en ferry. El ferry me llamaba mucho la atención y es por eso que decidimos ir allí. Viajamos casi dos horas sorprendiéndonos y viviendo los rituales del bus…los vendedores ambulantes se subían de sopetón y todos al mismo tiempo caminaban por el “pasillo” anunciando sus productos que iban desde crema de caracol a semillas o frutos extraños. Era divertido porque subían por la puerta de atrás, recorrían el colectivo y bajaban de uno en uno, las señoras con las cosas en la cabeza, muy lindas, especialmente  por los delantales con encajes que llevaban. Todo un concierto.

Invasiones de tierra se veían al borde del camino, pero qué invasiones…muy extensas. Antes de Suchitoto una pequeña ciudad toda vestida de rojo nos da la bienvenida, el FMLN está presente. No sé si es porque las elecciones se aproximan o por la militancia misma. Llegamos a Suchitoto con lluvia y gracias al cielo entramos al mercado central  a comer. Nos habíamos vaciado de prejuicios y andábamos como lugareños. Encontramos arroz con pollo. Yo prefería pupusas pero no quedó más que hacerle al arroz en solidaridad con mi compañero de viaje. Qué lindos son los mercados, en ellos está la sabiduría popular, una gran olla de maíz se cocinaba para hacer las famosas tortillas…Hmm… se me hacía agua la boca.

San Pedro esperó a que comiéramos para detener la tempestad y a que lo recorramos por completo para empezar de nuevo. Fuimos a la plaza central, arquitectura  del siglo XVI, el mercadito y varios puestos artesanales  alrededor…souvenirs de Farabundo, El Che y líderes de la revolución. En la antigua lengua náhuatl, “Suchitoto” quiere decir “lugar de aves y flores”, no vimos muchas por cierto.  Las mujeres de las comunidades rurales de Suchitoto han emprendido pequeñas empresas y confeccionan ropa, utilizan mucho el añil que es un colorante natural azul  típico del lugar. Dicen: “En cada puntada ponemos nuestros sueños por un mundo más equitativo y vamos  bordando una vida”. Al día siguiente veríamos en el complejo arqueológico San Andrés  como los españoles  industrializaron el añil e hicieron toda una infraestructura para que los indígenas del lugar, esclavizados por supuesto, lo siguieran produciendo en grandes cantidades… 

Tomamos el primer bus hacia el lago. Un bus bastante destartalado, casi combi, nos llevó. Manejaba un señor no muy viejo. “Mejor quédense en el parque turístico”, nos dijo. Era imposible mimetizarse. Le dijimos que íbamos al lago y que  queríamos cruzar en ferry. No faltó nuestra pregunta: “¿No es peligroso, no?”. Titubeó,  pero aseguró que no lo era.

Caminamos por un chaquiñán, casitas de adobe al costado, labores cotidianas de la gente humilde, niñas de la mano, gallinas, hierba y en el horizonte cercano el lago. La palabra ferry no es usual para mí, pero ahí entiendo que se trata de una gabarra porque hay personas que la esperan con sus vehículos para ir de Suchitoto a Chalatenango y cruzar el embalse de Cerrón Grande. “El ferry aún demora”, nos dicen. Contemplamos el lago, un pescador se acercó a la orilla a ofrecer su faena, tres turistas pasaron en kayak y nosotros, los sin tiempo, tuvimos que dejar de lado el plan del ferry, pues teníamos que volver ese mismo día al Salvador…Con tristeza nos alejamos, hicimos dedo, la policía paró, nos subimos al vehículo con algo de recelo y, a unas cuadras nos bajamos para poder recorrer el lugar de a pié. Caminé despacio, intentando no perderme un sólo detalle. Me encontré con los colores pasteles, con murales de Monseñor, con puertas palo de rosa y con una colección de muñecas al interior de una casa. Me pregunto quién será su dueño, desde donde vendrán tantas y tan diversas muñecas, cómo es que éstas sobrevivieron a aquellas matancinas que en esta zona fueron muy frecuentes. Al caer la tarde las mujeres salen de sus casas y ponen a la puerta ventitas de comida.  Se me antojan unas empanaditas de papa con salsa de col, las disfruto.

Sigo despacio, es como si buscara algo sin saber. Cruzo de una vereda a la otra, alento mi caminar. Miro hacia adentro de una carpintería que da a la calle. Saludo, me acuerdo de mi abuelo. Se acerca un señor mayor a la puerta y empieza a hablar…Siempre me pasa, que sin hacer preguntas la gente me cuenta cosas que mi inconsciente quiere saber. Era un veterano de la guerra, tenía recuerdos difusos,“crucé solo el lago al nado, sin tener comida, me separé del grupo que éramos tres. Yo llegué en pleno toque de queda, pero llegué. Los otros dos no llegaron, sólo yo sobreviví”. Me estremece, no quiero saber más, no es el momento. Me despido y sigo andando, me confunde todo esto.

Encontrar a monseñor Romero en cualquier pared, cuadro, escrito me daba tranquilidad, era como un abrazo. Me pongo en cuclillas ante el mural y  sonrío, sonrío, sonrío.

De vuelta en la plaza central tomé chicha. Vaya fermentación. Me tambaleé un poco al caminar y procesé con este alcohol artesanal los desencuentros con las aves y los encuentros con la gente. Me urgía un café, fuimos por él. Queríamos salir en el último bus. Compartimos unas papas con un cipote de pestañas largas y huyéndole a la lluvia partimos.

Al día siguiente decidimos levantarnos temprano para alcanzar a visitar los parques arqueológicos de San Andrés,  Joya de Cerén y Tazumal. Así lo hicimos. Antes de pasar al terminal, fuimos a Equipo Maíz. En la callecita donde se encontraba el lugar, nos detuvimos ante un mural que ilustraba esa parte de  la historia salvadoreña tan dura, tan triste, tan injusta… “Pare, pare aquí, Jesús”. Nos bajamos. Ahí decía todo, las palabras no cabían. Al lado del mural un rótulo, “Fundación Probúsqueda”. Más de trescientos desaparecidos hay aún en El Salvador. La fundación fue creada por las madres y uno de los padres jesuitas comprometidos Juan Cortina, otro romero salvadoreño. Ese mismo día hacían labor de campo,“aún hay persecuciones, el trabajo que hacemos es muy delicado”, nos comenta el investigador, razón por la cual no podemos acompañarlo.

Persistimos entonces en nuestro plan arqueológico. En Equipo Maíz descubrimos esa otra cara de la realidad salvadoreña, nos documentamos y con esa dosis de educación popular que nos hacía falta fuimos a tomar  el bus, esta vez en otra terminal  algo más organizada que la anterior. Llegamos a San Andrés muy temprano y tuvimos que esperar que dieran las nueve para poder ingresar, lo hicimos bajo una ceiba madre, se sentía ya la presencia de selva. 

San Andrés es uno de los centros ceremoniales mayas más importantes, que en su época (año 600 y 900 DC) contó con 200 estructuras. Este lugar fue ocupado por los mayas y luego por los pipiles. Al entrar nos recibe un rótulo enorme y violento que prohíbe portar armas…revive el sentimiento de inseguridad…Aquí en San Andrés se siente que los templos ceremoniales emergen de la hierba y así es, falta mucho por hacer en El Salvador en el tema arqueológico, es un porcentaje muy pequeño que ha sido recuperado, lo demás está en ruinas… Se puede apreciar la estructura original de las pirámides…las enormes piedras que fueron utilizadas en su edificación pero lo que no llego a entender es porqué la gran mayoría están cubiertas por una capa de cemento que le quita todo el sentido y transforma aquellas paredes mayas en simples muros… dicen que es por protegerlas, no lo sé…El añil fue procesado aquí precisamente de manera industrial.

Yo quería conocer todo lo que me fuera posible y, en el camino tuve que dejar de lado rutas importantes, lugares hermosos como Joya de Cerén. Tuvimos que optar entre Joya o Tazumal. No sé si acertamos en la opción pero sí estoy segura que tendré que volver al Salvador por este pequeño pueblo maya que quedó enterrado por ceniza volcánica hace 1.400 años…


Hicimos costumbre lo del bus, por necesidad, claro está. Por mi afán de aventura y exploración fuimos a parar a un pueblito que ni el nombre me quedó. La típica feria, el gentío y partidarios del frente repartiendo propaganda política. Tuvimos que embarcarnos cual salchichas en un medio bus para volver a la ruta y tomar el que nos llevaría a Tazumal. Sentí que me aproximaba a la frontera con Guatemala. El solo hecho de estar tan cerca me causaba emoción. “Istol” o algo así ofrecían en una tiendita. Me arriesgué a pedir uno sin saber de qué se trataba, era comida eso sí y lo único que podría causarme era más gordura. Una señora grande se acercó a la mesa y dejó sobre ella unos rollos vacíos de masquin…Nos quedamos mirando. Luego de un rato vino con unos mates y los colocó ahí. Era el istol, una colada de maíz requeté hirviendo hecha con plátano. Poderosa. Casi no la bebo toda, estaba llena. Caminamos hacia el lugar, pasamos por un cementerio del Frente Farabundo, al menos esa sensación daba por los rótulos y banderas. Claro, las obras de las municipalidades del frente están teñidas de rojo, incluso el cementerio. Hasta los muertos militan, pensaba yo. Llegamos a Tazumal.

Tazumal es el complejo ceremonial maya más grande que hay en El Salvador, se construyó en catorce etapas distintas entre el 200 y 900 DC. La pirámide más alta mide 24 metros, es impresionante. El corazón me late, porque luego de Ingapirca en Ecuador, Las Huacas del Sol y la Luna y El Sipán en Perú, no he estado en templos tan grandes y maravillosos… Agradezco, hago la reverencia, ahí está toda la energía astral y ancestral  presente. Agradezco. Ahí están los dioses mayas. Agradezco. Todo lo existente es Kab’awil (Dios),  es el universo, es el todo  tiempo, espacio y movimiento: dos rostros, dos formas, dos energías opuestas. Agradezco.

Los mayas le dieron a cada día un nombre, de acuerdo a la influencia en sus vidas y concibieron el espacio dividido en cuatro partes: el Oriente que es la mansión del sol, la energía, el calor, la vida, el Norte que es la mansión de la muerte, el Poniente, que es la mansión del maíz, el sustento, la riqueza, el bienestar y el Sur que es la mansión del dolor, del sufrimiento, del sacrificio. Es como si todo estuviera predestinado. Silencio.

Hacemos amistad con dos españolas que viven en El Salvador. Se sorprenden y nos alertan de nuevo del peligro y la inseguridad. Ya nos habíamos preguntado, ¿por qué en los buses se escucha música metálica, por qué los conductores son jóvenes, por qué el mismo diseño de los colectivos es algo pandillesco? Ellas responden a esos interrogantes. Las maras tienen un fuerte vínculo con los transportistas, les pasan factura, les cobran el impuesto y eso significa riesgo. Quienes arriesgan entonces son jóvenes y quienes pierden sus vidas en el camino, durante el trabajo,  son jóvenes. Las maras operan incluso en los colegios y, en esa medida,  las juventudes están expuestas a la violencia. “Puede parecer exageración, pero es la realidad”, afirma una de las muchachas. “De los 30 crímenes violentos al día, la mayoría se da en colectivos y la mayoría de muertes son de jóvenes”,alerta.

Les acompañamos a comer un plato típico del lugar y nos ofrecimos a ir con ellas, bueno más que ofrecimiento fue colarnos a Casa Blanca y luego a San Salvador. Casa Blanca nos decepciona a todos, dice mucho de la importancia que el país da a la arquitectura. Nada es blanco en Casa Blanca, al contrario, todo está tomado por la hierba y la hierba está seca.  En El Salvador la carrera de historia no existe, la desaparecieron también, menos aún la de arqueología, qué lástima, una verdadera prehistoria, la historia excluida detrás del matorral. Lo que se puede rescatar del lugar es la hermosa casona de hacienda donde funciona un taller de añil. Nada más.

Las ruinas mayas están en ruinas, los complejos tienen senderos ecológicos en mal estado y la gente los visita, más que para conocer para hacer un picnic alrededor. Es quizá lo más económico porque ir a La Libertad, ni pensar, las playas están privatizadas y debe costar una fortuna…

Regresamos a San Salvador en vehículo particular, nada de buses por el momento. En la ruta compramos naranjas y en una hora y media estuvimos de vuelta. Buscamos la catedral, el centro del centro, el lugar donde están los mártires de la cruel guerra que vivió El Salvador. Preguntamos, pero nadie nos dio razón. Sentía el deber de estar ahí.  Recorrimos el centro de un lado al otro y se nos perdió la catedral. Cansancio. Ya nada de mártires, me dice mi compañero. Nos duelen los pies. Suspiro.

Por la noche hojeo el libro de María López Vigil sobre monseñor Romero, quien era pueblo, quien fue arzobispo de San Salvador  por menos de un mes en 1977, días en los que surgió una transformación, una verdadera opción por los pobres, por la vida y la justicia. Decido  entrar a  la catedral perdida, ir hacia atrás y  escuchar una de sus homilías.

“Ya el hacha está puesta al tronco del árbol, ya Cristo está aventando su cosecha, como cuando se saca el café. En la piladera queda revuelto el café con la basura y avientan al viento para que se quite la basura y se quede el grano de café. Así será el juicio final hermanos, como una gran reventazón, como un viento tempestuoso. Por eso hermanos, cuando la iglesia predica hoy contra la injusticia, contra el abuso de poder, contra los atropellos, les está diciendo: conviértanse, hagan a tiempo penitencia, conviértanse que Dios les está esperando (Homilía, 5 de diciembre de 1977)… 

Duermo tranquila y consciente del final de mi  viaje y  del inicio de un reencuentro necesario.

A las cinco y media de la mañana del día siguiente salimos en dirección al aeropuerto.

                                                Septiembre, 2008.

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